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'Silicon Valley': cómo una sátira sobre la industria de internet se convirtió en la crónica de una realidad autoparódica

'Silicon Valley': cómo una sátira sobre la industria de internet se convirtió en la crónica de una realidad autoparódica
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'Silicon Valley' arrancó su sexta temporada con un curioso volantazo en su enfoque que podría resultar extravagante para el observador ocasional. En él, el CEO de Pied Piper Richard Hendricks declara ante el Senado acerca de su pretensión de ayudar a crear una Internet descentralizada y anónima, una en la que los reyes de la red no tengan poder porque los dueños de todo sean los usuarios. Es una intervención torpe e hilarante, con una base real clara pero que recuerda, quizás más que en ningún otro momento de la serie, a cuando Mark Zuckerbergh, CEO de Facebook, declaró ante el Senado acerca de temas muy similares.

Por supuesto, haciendo gala de la estupenda interpretación de Thomas Middleditch, el comportamiento robótico de Zuckerberg, casi cercano al Valle Inquietante, es extraordinariamente bien parodiado, porque además, la realidad incidió (una vez más) en la ficción de la serie. 'Silicon Valley' va de un grupo de expertos en tecnología superdotados para el trabajo e infradotados para todo lo demás que tienen entre manos una tecnología que puede revolucionar Internet y que quieren que llegue a la mayor cantidad de gente posible. La serie usa esa ficticia ética exagerada para poner en evidencia a las compañías reales, que son justo lo contrario.

Aviso: Este artículo incluye spoilers leves.

Sin embargo, hay una diferencia, porque aunque el referente esté claro, por vez primera en la serie, en un diálogo de esa secuencia se menciona expresamente a Facebook, Google y Amazon, diciendo que van a hacer esfuerzos por preservar la privacidad de los usuarios, algo que Hendricks sabe que no va a suceder. Es decir, la serie ha pasado de de ser una parodia de los delirantes excesos (de los más frívolos, encarnados por el gestor de una incubadora lamentable Elrich Bachman a los más maquiavélicos, a los que dan cuerpo Yian Yang o Gavin Belson) a adoptar una postura clara.

Por primera vez, sabemos que Pied Piper no es un reflejo distorsionado de Facebook (o más bien de una amalgama de compañías tecnológicas donde, sí, hay un CEO insufriblemente mal dotado para las relaciones sociales), o que Hooli no es un trasunto clarísimo de Google, sino que están en nuestra misma realidad, donde existen todas esas compañías, que son los auténticos villanos. Por supuesto, antes se habían hecho guiños en la serie a compañías reales, algunas se habían llegado a citar, pero nunca de forma tan clara y abierta, y sobre todo, nunca con este posicionamiento tan franco, y hasta algo agresivo.

Cuando la realidad adelanta a la ficción

¿Pero por qué se ha llegado a esta decisión? ¿Qué motiva a 'Silicon Valley' a suavizar su componente satírico inicial? Según contaba Alec Berg, productor ejecutivo de la serie, en una entrevista con Mashable, "es una serie sobre la inspiración. Solo puedes ser un outsider por tiempo limitado. Seis temporadas es la cantidad apropiada de tiempo". Es decir, la serie ha seguido su propia dinámica narrativa en la que un grupo de emprendedores tecnológicos se convierten en una revelación de las telecomunicaciones. Sería absurdo, después de haber retratado una trayectoria llena de subidas y bajadas, volver a mandarles a la casilla de salida. La historia concluye donde tiene que concluir.

Pero hay otro aspecto primordial: es inevitable percatarse de que la realidad ha adelantado de forma arrolladora a la ficción en términos de amarga crueldad, casi paródica. El mejor ejemplo lo tenemos en una presentación reciente: el del Cybertruck de Tesla donde en una demostración de los cristales irrompibles del vehículo (ya un poco caricaturesco de por sí) estos se rompieron sin dificultad con un par de impactos. Una situación ridícula que parecía salida del guión de una sitcom de humor incómodo.

Elon Musk tiene un referente claro en la serie, el multimillonario Russ Hanneman, creador de la marca de tequila Tres Comas ("como en mil millones de dólares") y que ha dado su do de pecho en esta última temporada con la creación del demencial festival RussFest ("vamos a empezar la revolución enmedio del puto desierto"), que de nuevo ha sido superado en la realidad por un referente claro. El holocausto a cámara lenta del Fyre Festival, que demostró con más claridad que cualquier melodrama que los ricos también lloran. De hecho, el RussFest acaba saliendo bien, pero aunque no hubiera sido así, la sensación es de que no podría haber salido peor que el Fyre.

Mike Judge, cocreador de la serie, no es ajeno a esta sensación de que la realidad se convierte en un circo de tres pistas que dinamita cualquier posibilidad de parodia. Suya es 'Idiocracia', una distopía de culto de 2006 a la que se le pueden poner muchos peros, como su aparente defensa de la, glups, eugenesia, pero a la que no se le puede negar una indiscutible capacidad visionaria. Como se ha señalado una y otra vez, el wrestler imbécil convertido en presidente de Estados Unidos, Dwayne Elizondo Mountain Dew Herbert Camacho, tiene más de un escalofriante paralelismo con Donald Trump.

Lo decía el propio Berg a propósito de la sátira política 'Veep', también de HBO: "Era el momento de que 'Veep' finalizara, porque la sátira muestra las cosas de forma extrema para dejar patente su ridiculez. ¿Cómo haces que las cosas sean más extremas cuando ya has rebasado todos los extremismos?". Vivimos en ese mundo, os recuerdo con resignación, en el que Boris Johnson no solo gana unas elecciones, sino que se esconde en una cámara frigorífica para evitar una entrevista incómoda.

La complejidad moral de la sexta temporada

Está claro que el objetivo de la serie cuando arrancó era reirse de los millonarios absolutamente ajenos al mundo real que poblaban la Silicon Valley real. Eso generó cierta incomodidad entre gente como el propio Musk, que se vieron ridiculizados por la despiadada acidez de la serie, dando pie a situaciones tan delirantes como cuando el CEO de Tesla acusó a sus responsables de no tener una adecuada visión global porque nunca habían estado en Burning Man (de modo que en su última temporada, el RussFest cierra cierto ciclo también).

Al principio, la serie disparaba en todas direcciones: las incubadoras y aceleradoras, los abogados expertos en start-ups, los focus groups, las miserias del marketing, las betas privadas... pero finalmente, ha acabado asentándose en su observación de las personas detrás de todo ello. Villanos iniciales como Gavin Belson son matizados y, aunque no dejan de ser némesis patéticas de Hendricks, sus motivaciones se relativizan y pasan a ser más empáticos para el espectador.

El ejemplo más claro de este cambio está en el personaje de Jared Dunn, el experto en marketing que entra en Pied Piper para ayudar con el enfoque comercial de la compañía. Obsesionado con complacer a su CEO hasta extremos de humanidad que a menudo hacen que nos preguntemos qué demonios hace un ángel de bondad de esa categoría en un sitio como Silicon Valley, pasa de ser un alivio cómico a un personaje tridimensional y que aporta un toque de fabilidad, duda y empatía a todo lo que sucede en la empresa.

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En la sexta temporada, Richard se tiene que enfrentar al mayor de sus enemigos: los propios conflictos que le generan las ofertas económicas más desorbitadas, pero también de implicaciones más inmorales que ha recibido nunca. Por ejemplo, al final de ese primer capítulo de la temporada donde empieza haciendo una reivindicación de un internet ético y global, la visión del símbolo del dólar le hace flaquear.

Y ese es el hallazgo de esta recta final: distanciarse de la parodia para centrarse en el retrato permite dotar de cierta complejidad moral a sus personajes, y por primera vez vemos amenazada de verdad no ya la supervivencia, sino la propia integridad de Pied Piper. Se trata de una evolución lógica para una serie que empezó como una comedia salvaje para denunciar excesos del mundo de la tecnología y ha acabado como una reflexión algo amarga, desencantada y crepuscular sobre la inevitabilidad de ciertos males... a los que igualmente estamos obligados a enfrentarnos.

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