
“Hudson Institute: medio siglo creando ideas para la seguridad, la prosperidad y la libertad”.
En 1961, cuando creó el Hudson Institute, Herman Kahn decidió dar mayor exposición pública a sus ideas y poder presionar para hacerlas realidad. Kahn no había alcanzado aún los 40 años, pero se había convertido en una de las voces más respetadas anunciando las posibilidades que el futuro nos iba a traer. Era un futurista en el sentido no-artístico del término: alguien que estudiaba los sistemas y explicaba las consecuencias de nuestros actos proponiendo modelos para el futuro.
Kahn, a quien más tarde Kubrick utilizaría para crear su Doctor Strangelove en ‘¿Telefono Rojo? Volamos hacia Moscú’, no era precisamente el hombre más agradable de leer. Al menos, no lo eran sus incómodas ideas. Frente a lo que otros pensadores de la Guerra Fría aseguraban, Kahn creía que una Guerra Nuclear Mundial era algo posible. “Lo impensable” podía ocurrir y nuestro deber era planificar el escenario de un mundo radioactivo. Porque ni con esas la humanidad se extinguiría: seguiríamos habitando la Tierra y adaptándonos a ella. O, más bien, adaptándola a nosotros una vez más.
Esa misma filosofía fue la que guió al Hudson Institute en una de sus ideas más megalómanas y extravagantes: crear un océano interior en medio de Sudamérica como primer paso para conseguir conectar, mediante ríos navegables, lagos y mares artificiales, el Atlántico con el Pacífico. Durante 15 años, el Hudson Institute apoyó el empeño hasta fracasar en su intento de llevarlo a cabo, pero no deja de ser fascinante su planteamiento y el empeño de Kahn y el del hombre al que le encargó que “arreglara Sudamérica”, Robert Panero.











