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Enrique Dans

Enrique Dans y su primer teléfono móvil

Enrique Dans, profesor del Insituto de Empresa y apasionado de los gadgets, habla de su primer teléfono móvil, un Ericsson que había costado medio millón de pesetas, aunque, recuerda Dans, “llamar ‘teléfono móvil’ a aquel aparato de alrededor de cuatro kilos de peso era como considerar a sus portadores poco menos que culturistas”. Con él comenzamos una nueva sección en Xataka en la que destacados bloggers y expertos en tecnologías vuelven la vista atrás y nos descubren los antepasados de los gadgets de hoy día. Sin más, os dejamos con Enrique…

Por Enrique Dans

Pedirme que eche la vista atrás puede tener su peligro… me empieza a entrar complejo de “dinosaurio tecnológico”... recuerdo que el primer teléfono móvil que tuve era un Ericsson. También recuerdo que era negro, que tenía una enorme y pesada batería que le servía como base, y un auricular unido a la misma por un típico cable en espiral. Había costado en torno al medio millón de las antiguas pesetas.

Alrededor de un año después, si no recuerdo mal, llegó el teléfono fijo a la zona, y mi padre consiguió que el mismo proveedor que se lo había vendido se lo volviera a comprar por alrededor de la mitad.

En realidad, llamar “teléfono móvil” a aquel aparato de alrededor de cuatro kilos de peso era como considerar a sus portadores poco menos que culturistas, pero ya tenía todo el aspecto “morboso y sexy” que las nuevas tecnologías siguen teniendo hoy para mí.

El aparato llegó a casa porque mis padres, que pasaban períodos cada vez mayores en un chalet a dieciocho kilómetros de La Coruña, necesitaban ya imperiosamente un hilo conductor con el mundo exterior. Sólo pensarlo impresiona: no sé exactamente cuando fue esto, hace tal vez unos quince años, pero eran tiempos en los que no se había desarrollado aún la telefonía rural de acceso celular (TRACS), de manera que simplemente no existía una opción para, en determinadas zonas, estar comunicado con el mundo.

Intentar imaginarnos hoy un sitio en el que vivan personas completamente incomunicadas por vía telefónica nos lleva mentalmente a viajar por estepas, desiertos o países en vías de desarrollo… Hace unos quince años, ese tipo de sitios estaban a dieciocho kilómetros de una ciudad y en ellos vivían personas “de lo más normales y civilizadas”… Hablamos de una época en la que para llamar a mi entonces novia, hoy mi mujer, tenía que recorrer varios kilómetros hasta llegar a una cabina en una vieja estación de tren, que aún nos provoca sonrisas cuando pasamos por delante.

El aparato en cuestión (sería complicado referirse a él como “aparatito”), que llegué a utilizar poquísimo porque intuyo que el coste de las llamadas debía ser prohibitivo, se pasaba la mayor parte del tiempo en casa, conectado a un enchufe en la pared. En ocasiones se llevaba en el coche, que había precisado de una instalación especial compuesta por un micrófono y una antena exterior pequeñita que le daba un aspecto de lo más “sofisticado”, un poco “espía”.

Si alguien te preguntaba qué era aquello, mirabas displicentemente, con una suave caída de ojos decías eso de “naah, es la antena del teléfono”… y ligabas seguro. Era carísimo, exclusivísimo, y sólo justificable por razones “de fuerza mayor”. Sin embargo, “se le veían maneras”: no quiero ir “de visionario”, pero era difícil no mirar aquel monstruo como algo que, en un cierto tiempo, estaría en los coches o incluso en el bolsillo de todo el mundo.

Pero también es interesante ver la diferente velocidad a la que se movía entonces la tecnología: entre aquel “peso pesado” y mi primer móvil “de bolsillo” o “realmente móvil” que me regaló Airtel cuando aún nadie tenía uno, aún tuvieron que pasar alrededor de cinco años…

Uffff… me voy a dormir. Forzar mis meninges de Abuelito Cebolleta me ha dejado agotado :-)


Enrique Dans es profesor del Instituto de Empresa, apasionado de los gadgets, blogger prolífico y un agudo observador de la actualidad tecnológica de nuestros días. Quienes tengan interés en seguir sus análisis y disquisiciones pueden hacerlo a través de su weblog El Blogs de Enrique Dans, en sus columnas en el periódico Expansión o en Libertad Digital.

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